El observante
Simón llegó temprano a la exposición. Se había enterado de ella hojeando un periódico sobreviviente mientras desayunaba. Le sorprendió la decisión de salir de su casa y romper con su cómoda rutina. Llevaba días deambulando en su hogar, sin apenas cambiarse de ropa y ordenando comida a domicilio.
En la entrada del museo compró su boleto y tomó un tríptico con información sobre la exposición y el autor. El pintor era Julián Beever y la crítica lo consideraba uno de los artistas más destacados y el principal exponente del género de Realismo Urbano.
Simón, junto con algunas personas que como él, habían llegado temprano, comenzó a recorrer las salas, ambientadas con música de elevador que lo sumía en un estado de languidez. Sin embargo, no tardó en separarse del grupo. Si en general no soportaba la compañía, en los museos y galerías, su rechazo se hacía mayor. Pocos ven ls pinturas, pensó. Lo que hacen es fisgonearse unos a otros mientras ensayan un gesto intelectual, como si posaran para la cámara. Simón se detenía ante algunos cuadros y los observaba con gesto aburrido. Estaba hastiado. Había esperado algo distinto, pero no dejaba de pensar que sólo estaba mirando una realidad, quizá tan aburrida como la suya. Tampoco se interesaba en observar profundamente o pretender interpretar aquello que veía con desagrado. Finalmente llegó a la última estancia de la galería. Estaba solo, cansado y con ganas de volver a casa.
La sala era pequeña, por lo que el cuadro, colgado en la pared del fondo, lucía enorme. Simón se acercó lentamente. Lo primero que le llamó la atención fue la estructura de caja china. La pintura mostraba, en primer plano, a un grupo de personas que, dando la espalda al espectador, miraban otra pintura. En ella, un hombre de perfil estaba de pie, con la mirada fija en un tercer retrato, el cual, quizá por capricho del pintor, era ya difícil de descifrar. Los fisgones. ¿Por qué las personas son tan entrometidas? Era muy molesto. En el metro, los baños públicos, los restaurantes, aunque estuviese en la última mesa, era imposible escapar de las miradas y los murmullos. Observando la obra, Simón perdió la noción del tiempo y conforme más miraba la pintura, parecía como si sus trazos cobraran vida y los personajes del cuadro comenzaran a moverse.
Al medio día la sala estaba llena de personas que se detenían para observar el lienzo titulado El observante. En él, un hombre con gesto aburrido, observado por una multitud, contemplaba una única pintura en una galería de exposición.

