Dic
16

Fuego

Fuego

Contá con eso. Pongo mis manos en el fuego por vos.

Dic
15

El sueño

Anoche soñé contigo. Antes de dormir, había estado hablando sobre ti y tu aventura meditativa con Franco, un argentino couchsurfer que llegó a la casa con la mejor carta de presentación: una petición de Daniela para recibirlo. No pude negarme por diversas razonones: primero, porque es imposible decirle a Daniela que no. Segundo, una mirada rápida al perfil de Franco me reveló que es titiritero, estatua viviente, malabarista y toca un instrumento músical que desconozco llamado didgerido. En ese momento me deshice de la casualidad y acepté la causalidad. Es un buen chico, charlamos mucho ayer y hoy se ha ido a vender sus artesanias al callejón del Diamante. Saliste a relucir en la plática, entre otras cosas, porque Franco hace yoga y meditación, aunque afirmó que diez días de silencio quizá sería demasiado. Yo dije lo mismo y admiré más tu decisión.

En el sueño llegaste antes de lo previsto. Una mañana apareciste mientras yo preparaba cereal. Te sentaste a la mesa y yo lancé la pregunta clásica: ¿Qué pasó? Estaba feliz de verte, sin duda, pero mi curiosidad pudo más y fue lo primero que te dije. Entonces me contaste la historia. Los monjes los habían corrido a todos. Luego de tres días de meditación, habían concluído que no estaban preparados para realizar aquellos días de silencio. Había cundido la anarquía porque, según decías, muchos hablaban con sus amigos o se quedaban dormidos mientras trataban de conocerse a sí mismos. El día que llegaste los maestros no pudieron más y abandonaron el barco. Yo no dije nada.

Hoy desperté y no estás aquí. Significa que todo va bien.

Dic
11

Dobles

Es milagroso que no suframos todos de esquizofrenia. Tenemos tantos personajes en nuestra mente que sería por completo sencillo levantarnos un día creyendo que somos Sherlock Holmes, Hiro Nakamura o uno de las miles de personas que habitan las novelas de Dostoievski.

Increible.

Dic
07

Blogs

En toda mi vida he tenido tres blogs, weblogs, diarios, bitácoras. Dos y este. El primero se tituladaba, paradojicamente, Blog Sin Nombre y el segundo, en un afán de economía de lenguaje SamueMX. En ellos hablaba de mí y pretendía que todo fuera perfecto.

Esa es la diferencia fundamental. Desde el nombremiento, aquí planeo equivocarme.

Simón llegó temprano a la exposición. Se había enterado de ella hojeando un periódico sobreviviente mientras desayunaba. Le sorprendió la decisión de salir de su casa y romper con su cómoda rutina. Llevaba días deambulando en su hogar, sin apenas cambiarse de ropa y ordenando comida a domicilio.

En la entrada del museo compró su boleto y tomó un tríptico con información sobre la exposición y el autor. El pintor era Julián Beever y la crítica lo consideraba uno de los artistas más destacados y el principal exponente del género de Realismo Urbano.

Simón, junto con algunas personas que como él, habían llegado temprano, comenzó a recorrer las salas, ambientadas con música de elevador que lo sumía en un estado de languidez. Sin embargo, no tardó en separarse del grupo. Si en general no soportaba la compañía, en los museos y galerías, su rechazo se hacía mayor. Pocos ven ls pinturas, pensó. Lo que hacen es fisgonearse unos a otros mientras ensayan un gesto intelectual, como si posaran para la cámara. Simón se detenía ante algunos cuadros y los observaba con gesto aburrido. Estaba hastiado. Había esperado algo distinto, pero no dejaba de pensar que sólo estaba mirando una realidad, quizá tan aburrida como la suya. Tampoco se interesaba en observar profundamente o pretender interpretar aquello que veía con desagrado. Finalmente llegó a la última estancia de la galería. Estaba solo, cansado y con ganas de volver a casa.

La sala era pequeña, por lo que el cuadro, colgado en la pared del fondo, lucía enorme. Simón se acercó lentamente. Lo primero que le llamó la atención fue la estructura de caja china. La pintura mostraba, en primer plano, a un grupo de personas que, dando la espalda al espectador, miraban otra pintura. En ella, un hombre de perfil estaba de pie, con la mirada fija en un tercer retrato, el cual, quizá por capricho del pintor, era ya difícil de descifrar. Los fisgones. ¿Por qué las personas son tan entrometidas? Era muy molesto. En el metro, los baños públicos, los restaurantes, aunque estuviese en la última mesa, era imposible escapar de las miradas y los murmullos. Observando la obra, Simón perdió la noción del tiempo y conforme más miraba la pintura, parecía como si sus trazos cobraran vida y los personajes del cuadro comenzaran a moverse.

Al medio día la sala estaba llena de personas que se detenían para observar el lienzo titulado El observante. En él, un hombre con gesto aburrido, observado por una multitud, contemplaba una única pintura en una galería de exposición.

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