Archive for 'Personal'
Intercambio
Posted on Agosto 25, 2008, under Personal.
Hay muchas maneras de vivir la vida, de ver el mundo, de trabajar, de hacer negocios, de disfrutar. A mí, por ejemplo, las cosas que más disfruto hacer son leer, escribir y estar en la computadora, ya sea de ocioso o haciendo cosas productivas. Y esto quiero que sea mi forma de vida.
Hace unos días inauguré (¿así se dice?) mi empresa de diseño de páginas web y otras cosas computacionales: Inter-Cambio. Hacemos páginas, arreglamos computadoras, asesoramos a quien lo desee. Y lo que pedimos a cambio es otra cosa, un objeto o un servicio. Intercambio es trueque, una manera diferente de acercar la tecnología a cualquier persona que esté interesada.
Estoy emocionado, en estos primeros días de vida, el proyecto ya ha tenido cierta repercusión, toda positiva e inclusive ya estamos trabajando en los primeros dos proyectos. Los invito a visitar la página para conocer nuestros servicios, lo que ofrecemos y piensen, si gustan, que les gustaría intercambiar.
Enlace: Intercambio
Abrir y cerrar un círculo
Llegué a Xalapa hace cuatro años. Traje una computadora y mis libros de Conan Doyle y Agatha Christie, que eran los únicos que leía por aquel entonces y, realmente, si soy sincero, quizá era lo único que había leído con conciencia. A Borges, Cortazar, García Márquez, Rulfo un tal Kafka y otros los conocía de oídas. A Sandor Marai, Capote, Bolaño, Vila-Matas, Salinger, Kennedy Toole, Navokob, Auster… ni eso. Y sin embargo, en agosto del 2004, me instalé en un pequeño departamento de dos cuartos con la vista fija en un solo objetivo: aprender a escribir.
No duró mucho. En las primeras clases lo primero que nos advirtieron fue que allí no nos enseñarían a escribir sino a leer. Tras momentos de dubitación, decidí aceptar. Si no iba a afilar el lapicero, por lo menos podía esforzarme en ampliar mi horizonte literario. Es cierto que empecé con desventaja. La mayoría de mis compañeros ya conocían, o al menos de eso se jactaban, a los teóricos de la lingüística y la semiótica que serían nuestros modelos a seguir, pero para mí, Saussure, Eco, Jakobson, eran sólo nombres sin significado, ni siquiera signos, porque ese concepto aún no lo conocía. Y seguí. Fui poco a poco descubriendo el gusto por los textos, la curiosidad por las teorías, la admiración por algunos maestros.
Al principio, ahora me dicen, era el ser mas antisocial del salón, insoportable. Trato de recordarme en aquellos primeros semestres y esa descripción parece acercarse un poco a la lejana realidad. Hice una rutina que sólo me incluía a mí: escuela, lectura, largas noches de computadora. Es cierto que estaba en Xalapa, pero Xalapa aún no me cobijaba por completo. Incluso tuve una novia que conocí por Internet.
De repente todo cambió. Una madrugada me encontré caminando de punta a punta de la ciudad, desde mi pequeño departamento hasta una casa de amplios espacios, acompañado de Iván, quien a la postre se convirtiría en el único ser masculino que parece soportarme, y de Sol, quien a la postre se convertiría en la única ser femenina que parece soportarme. Esa caminata, el primer recuerdo de completitud xalapeño, ocurrió un año después de mi llegada. Y significó, entre otras muchas cosas, comenzar a dibujar un segundo círculo, más amplio, más importante.
Con Sol e Iván la universidad comenzó para mí. Un mundo amplísimo se abrió y decidí agarrar todo lo que pudiera. Y lo mejor de todo, me divertí. Inciaron los viajes, el teatro, las pláticas, el arte, la escritura, las opiniones encontradas, el mundo de contrarios, el contigo y el sin ti. Sin saberlo, sin pensarlo, cambié y decidí no mirar atrás, sino hacia adelante.
Cuatro años más tarde, después de una Olimpiada, un Mundial de futbol y dos Eurocopas, la universidad terminó. Sin altibajos, sin impresiones, sin espantos, el ciclo más importante de otro ciclo de mi vida ha llegado a su fin. Mi credencial caducará en agosto y se terminarán los descuentos de estudiante, la entrada gratuita a los museos, los derechos de biblioteca. Junto a ello se esfuma la responsabilidad de decir ¡Presente!, los trabajos finales, las lecturas obligadas. También los calzones mañaneros, el chocolate de máquina, las pláticas de pasillo. Se va, se va, una etapa gigantesca, quizá tanto que aún no logro concebir su importancia.
Hoy Laura, la secretaria de la Facultad, me entregó mi última calificación. Me tomé las fotos para el certificado. Pagué el trámite. Poco a poco voy cumpliendo los pequeños requisitos para convertirme en egresado. Y me siento feliz, completo, realizado. Repaso la cuenta, los consumos desglosados de libros, maestros, amistades, amores, historias, anécdotas, pláticas, experiencias, y me gusta lo que consumí, inclusive aquello tan bueno y vasto que tuve que pedirlo para llevar.
El 12 de septiembre es la graduación. Están todos invitados, habrá regalos y sorpresas.
Estirar la liga
Hay una teoría sobre la mejor manera de concebir la estructura de un cuento fantástico. Es la siguiente: Un cuento es una liga y la tarea del escritor es, en principio, fortalecer sus extremos, es decir, establecer las bases. Y luego comenzar a estirarla, poco a poco. La liga es la verosimilitud del cuento y el escritor debe llevarla hasta el extremo, exigir a la narración un punto máximo de tensión, su clímax, pero, y aquí está lo importante, evitar a toda cosa que la liga se rompa y nos golpee en la cara. Si eso ocurre, si la liga revienta, el escritor ha fracasado y por ende, el relato también.
Nunca se me había ocurrido aplicar esta teoría a la vida. Hasta que hace unos días, Sol y yo concluimos que las bases de nuestra historia ya estaban puestas, pero el relato se estaba volviendo aburrido, predecible. En algún momento, ya por olvido, ya por decisión consciente, dejamos de lado nuestro trabajo de estirar. Y nos dio miedo.
Ahora estamos conscientes al cien por ciento y hemos comenzado a jugar, desoxidando los extremos de nuestra liga. Queremos, como el mejor cuento del mundo, llevarla hasta su punto máximo de tensión, ser perfectos, únicos, trascendentes…
Nueva era
Como todos saben, porque me he encargado de gritarlo a los cuatro vientos, en tres semanas más termino las clases. Luego vendrán dos de exámenes, nada grave, y todo terminará. Hasta hace unos días pensaba tener un tiempo de vacaciones y luego ir a realizar un proyecto en una comunidad de la Sierra poblana, pero todo con mucha calma. Ahora todo ha dado un giro radical.
Frente a mí, en la pared, hay colgado un cuadro con una fotografía muy famosa de los Beatles. Es de su última etapa, del disco Let it be. Lennon tiene el cabello largo, las patillas gruesas y sus lentes redonditos. El cuaro está firmado por cinco personas: Lennon, McCartney, Harrison, Star y mi amigo Bernavé Olivares. Bernavé me puso una dedicatoria en la parte superior izquierda un año antes de venir a la universidad, tiene una falta de ortografía que quizá hoy lo avergonzaría pero tiene un buen deseo incluido.
Vamos a pensar, sólo por un momento, que ciertamente no hay azar, sólo destino. Desde hace una semana formo parte de una pequeñísima muestra estadística de aquellos que terminan la carrera con trabajo. Es decir, no limbo de desempleo para mí. Por multitud de razones, he caído en lo que parece ser un excelente trabajo, pero todavía mejor oportunidad. Un proyecto a largo plazo, garantiza emoción porque está apenas empezando, está en mi área de interes y bueno, incluso parece que la paga es buena.
La cuestión de todo esto es que ahora, una semana después de haber comenzado, no el trabajo, sino la capacitación de lo que será el trabajo de verdad, estoy aterrado, pero sobretodo confundido. Los comienzos siempre son duros, dicen por ahí. Y en este caso es doble porque empiezo yo y empieza el proyecto, o sea, según lo veo yo, caos total. Pero me voy a enfocar en mí. En las cosas a las que me he dedicado digamos que siempre he tenido la consciencia de estar haciendo las cosas bien, a mi tiempo, a mi modo. Ya sea porque fue, por decirlo así, un conocimiento innato o porque la paciencia de mis mentores fue infinita. Como sea, tuve tiempo de adaptarme, aprender, experimentar y luego saltar al aire.
Aquí es todo distinto. He entrado en un mundo que desconozco por completo, pero la exigencia es total. Es cierto que manejo con soltura mi herramienta (la palabra), pero me siento perdido, sin la luz de un faro que siempre había tenido. No tengo la certeza de estar haciendo las cosas bien y me aterra pensar en lo que será cuando, en julio, comience todo de verdad. Es evidente, que lo que ocurre es el miedo al fracaso y a la posterior decepción. El problema es que no se cómo hacerle frente. Quizá simplemente trabajar duro, experimentar, ver qué ocurre sea la solución.
Pienso, pienso, no doy con la respuesta.
Bernavé escribio, palabras más, palabras menos: “Échale ganas a la escuela y muy pronto llegarás a ser un muy buen periodista”.
Post-Bartleby
Posted on Mayo 8, 2008, under Literatura, Personal.
Es curioso que después de haber escrito sobre Bartleby haya ocurrido una sequía de mensajes. Para evitar pasar a formar parte de la colección de ese libro interminable habrá que esforzarse un poco.
Estoy a menos de dos meses de terminar la escuela. Cuatro años han pasado y estos últimos días se están yendo como agua. La verdad las clases no están interesantes, creo que hasta los maestros ya nos sienten fuera y nos dejan a nuestras anchas. Eso, por una parte, está bien. Estoy disfrutando ir a la facultad, jugar ajedrez, leer periódicos y libros en la biblioteca, platicar brevemente en los pasillos, como en una agradable espera del ansiado final. Los planes para después de la universidad se multiplican a cada momento y es emocionante darles un orden, priorizar, establecer y concretar toda la virtualidad. Puedo decir, con franqueza y felicidad, que estoy abierto a cualquier opción que se presente. Me he formado para esto.
En otro punto radicalmente diferente ¿Quieren un equívoco sin importancia?
La novela se trata de llegar de un punto A a uno B. Cómo se llega es la trama y quién llega son los personajes. He pensando que una novela fantástica es/sería aquella en la que el lector no tiene la obligación de terminar en el punto B (última página), sino que posee la libertad de cerrar el libro donde lo considere necesario y aún así disfrutar de la novela completa. En este sentido, estamos ante una novela cuyo punto B, aunque presente, no es ni necesario ni siempre el mismo. Todo esto porque se me ocurrió que, al final, en la mayoría de los libros, trama y personaje son irreconciliables: o aquella se cae, o éstos se acartonan.
¿A qué fue un equívoco?
La semana empieza el jueves
Los jueves me levanto ansioso. Voy a la escuela desde las ocho de la mañana hasta la una de la tarde con el pensamiento ocupado en lo que ocurrió y en lo que pasará. Al volver a casa, trato de ocuparme en algo para hacer la espera corta, aunque generalmente me dedico a la nada. A la espera. A las ocho de la noche el ambiente cambia. Me conecto a Internet y la gente de los foros comienza a volverse loca. Todos preguntando si falta mucho, aunque después de tantos jueves ya deberían saberlo. De repente, un mensaje anuncia que ha terminado. Minutos más tarde aparece una avalancha de enlaces. A las once de la noche inicio la descarga, que dependiendo de muchos factores, finalizará en una hora, hora y media o dos. A veces me quedo mirando como avanza el porcentaje, la animación: una hoja de papel que vuela del mundo a mi casa. Cuando la descarga termina, me voy a dormir. En el proceso falta un último paso, prescindible por experiencia pero no por tradición: durante la madrugada, un grupo de amables personas trabajará arduamente en un archivo de subtitulaje. Sol me convence de que no los necesito, pero es una costumbre ancestral y feliz, como el chocolate en invierno o el helado del verano. El viernes entro tarde a la escuela, pero es el día que despierto más temprano. Los subtítulos están listos.
Sólo falta sentarse y disfrutar del nuevo episodio de Lost.
Arqueología cybernética
Comencé a escribir mi blog en el 2002, sin saber lo que hacía o que se iba a convertir en una de las actividades más constantes en los años siguientes. Desde entonces he cambiado de página, servidores y sistemas de publicación. Desde uno que programé por mi mismo, al cual le agregaba funcionalidades conforme las iba necesitando, hasta el poderoso WordPress. Y así como uno guarda libretas terminadas en lugares seguros, yo hacía respaldos de todos los mensajes que dejaba atrás. O al menos eso creía. El año pasado, en un día sin nada que hacer, decidí montar de nuevo mis antiguas bases de datos para recuperar mi archivo escrito. Fue la tragedia porque no encontré nada, como si todo se hubiese esfumado. Francamente me puse triste, es decir, la ventaja de un blog es que los textos permanecen ahí para siempre, para que, pasado el tiempo, el Yo del futuro pueda reirse sanamente del ingenuo Yo del pasado. Y a mí se me había perdido todo. Hubo resignación.
La ssemana pasada, sin embargo, volví a buscar lo perdido. Encontre, primero, un archivo en PDF que recopila lo escrito por más de un año y medio. Justo antes de salir de la preparatoría y venir a estudiar a Xalapa. Y luego vino la mágia. Gracias a The way back machine realicé un viaje en el tiempo para rescatar todos mis mensajes del 2004 hasta la fecha. Aquello que creía desaparecido, o peor aún, había olvidado, volvió a mis manos. Lo he juntado todo en un valioso archivo PDF que planeo imprimir pronto y leerlo en una sentada… luego firmarlo, guardarlo bajo llave y esperar a que sea famoso para venderlo por mil millones de papel moneda.
…Claro, y también lo publicaré aquí.
Navidad
Hasta mis diecinueve años las épocas navideñas fueron siempre normales y tradicionales. Seguiamos un itinerario con pocas variaciones y la pasabamos, en familia, bastante bien. Yo me acuerdo del pavo, las butifarras, el guacamole, la nacida y algunos regalos. La navidad del 2005 fue la primera diferente. Viaje con Sol a Canadá y por primera vez pasé la festividad lejos de casa. Fue una excelente experiencia. Diferente. El año pasado, Sol me acompañó a Comitán para integrarse a la tradición Albores-Amezcua. Fue, igualmente, distinta y agradable. A Comitán le gusta recibir visitas.
Este año parecía que ibamos a regresar a los origenes: la familia nuclear. Pero de a poco, los días que precedieron al 24 de diciembre y ese mismo día, Cris y yo notamos que también sería diferente. El árbol de Navidad fue hecho tres días antes y el nacimiento, con un tamaño más pequeño de lo acostumbrado, apenas unas horas antes de lo exigido. La búsqueda y captura de los regalos fue infructuosa pero nada estresante. Aquellos que llegaban siempre temprano, este vez se atrasaron y viceversa. La noche del 24 de diciembre parecía desembocar en un caos vaticinado, pero al final, poco a poco, las cosas se fueron acomodando. La cena resultó un éxito (ensalada incluida) los cohetes, chifladores y volcancitos la sensación.
A la entrada de la madrugada sólo quedabamos nosotros. Parecía como si un ciclo hubiese terminado.
¿Cómo será el que viene?
Redescubrimiento
Ayer el camino de Coatepec a Xalapa fue algo más que un viaje de regreso. Venía escuchando La maza de Silvio Rodriguez y era de noche. El viento frío me pegaba en la cara por la ventana abierta de mi asiento y la velocidad vertiginosa del camión. Sentí que me dirigía hacia un lugar desconocido pero deseado. Cuando llegué a Xalapa ya era otro.
Olfato
El primer viaje largo de mi vida fue por placer a los ocho años. Cada vez que veía un autobús, me preguntaba como sería por dentro y cómo, si exteriormente se veía tan reducido, podrían caber las camas para todos los pasajeros. Un misterio infantil que esperaba poder responder pronto. En la terminal estaba muy emocionado, aunque ya los grandes me habían advertido que no me hiciera muchas ilusiones, porque además, nos esperaban 22 horas de viaje. El anuncio de abordaje fue a tiempo y me acerqué rápidamente al autobús. Entregué mi boleto y subí. Me detuve al principio del pasillo y observé las filas de asientos a ambos lados y nada más. Comencé a caminar, empujado por la gente que subía y buscaba su asiento y vino lo peor: aspiré profundo y por mis fosas nasales entró un penetrante olor, mezcla de varios desagradables: una alcantarilla abierta en día de calor, un baño recién usado y el perfume corriente de un jabón limpiador. La combinación era terrible. Mi desilusión por la simpleza interior del camión fue sustituida por la repulsión que me causaba el ambiente y que me veía obligado a respirar.
A mi destino llegué con bien, pero el olor del ómnibus Cristóbal Colón no ha cambiado desde entonces y cada vez que me subo a uno, tengo que proteger mi nariz para evitar recordar el día que se me cayó un mito.