Llegué a Xalapa hace cuatro años. Traje una computadora y mis libros de Conan Doyle y Agatha Christie, que eran los únicos que leía por aquel entonces y, realmente, si soy sincero, quizá era lo único que había leído con conciencia. A Borges, Cortazar, García Márquez, Rulfo un tal Kafka y otros los conocía de oídas. A Sandor Marai, Capote, Bolaño, Vila-Matas, Salinger, Kennedy Toole, Navokob, Auster… ni eso. Y sin embargo, en agosto del 2004, me instalé en un pequeño departamento de dos cuartos con la vista fija en un solo objetivo: aprender a escribir.

No duró mucho. En las primeras clases lo primero que nos advirtieron fue que allí no nos enseñarían a escribir sino a leer. Tras momentos de dubitación, decidí aceptar. Si no iba a afilar el lapicero, por lo menos podía esforzarme en ampliar mi horizonte literario. Es cierto que empecé con desventaja. La mayoría de mis compañeros ya conocían, o al menos de eso se jactaban, a los teóricos de la lingüística y la semiótica que serían nuestros modelos a seguir, pero para mí, Saussure, Eco, Jakobson, eran sólo nombres sin significado, ni siquiera signos, porque ese concepto aún no lo conocía. Y seguí. Fui poco a poco descubriendo el gusto por los textos, la curiosidad por las teorías, la admiración por algunos maestros.

Al principio, ahora me dicen, era el ser mas antisocial del salón, insoportable. Trato de recordarme en aquellos primeros semestres y esa descripción parece acercarse un poco a la lejana realidad. Hice una rutina que sólo me incluía a mí: escuela, lectura, largas noches de computadora. Es cierto que estaba en Xalapa, pero Xalapa aún no me cobijaba por completo. Incluso tuve una novia que conocí por Internet.

De repente todo cambió. Una madrugada me encontré caminando de punta a punta de la ciudad, desde mi pequeño departamento hasta una casa de amplios espacios, acompañado de Iván, quien a la postre se convirtiría en el único ser masculino que parece soportarme, y de Sol, quien a la postre se convertiría en la única ser femenina que parece soportarme. Esa caminata, el primer recuerdo de completitud xalapeño, ocurrió un año después de mi llegada. Y significó, entre otras muchas cosas, comenzar a dibujar un segundo círculo, más amplio, más importante.

Con Sol e Iván la universidad comenzó para mí. Un mundo amplísimo se abrió y decidí agarrar todo lo que pudiera. Y lo mejor de todo, me divertí. Inciaron los viajes, el teatro, las pláticas, el arte, la escritura, las opiniones encontradas, el mundo de contrarios, el contigo y el sin ti. Sin saberlo, sin pensarlo, cambié y decidí no mirar atrás, sino hacia adelante.

Cuatro años más tarde, después de una Olimpiada, un Mundial de futbol y dos Eurocopas, la universidad terminó. Sin altibajos, sin impresiones, sin espantos, el ciclo más importante de otro ciclo de mi vida ha llegado a su fin. Mi credencial caducará en agosto y se terminarán los descuentos de estudiante, la entrada gratuita a los museos, los derechos de biblioteca. Junto a ello se esfuma la responsabilidad de decir ¡Presente!, los trabajos finales, las lecturas obligadas. También los calzones mañaneros, el chocolate de máquina, las pláticas de pasillo. Se va, se va, una etapa gigantesca, quizá tanto que aún no logro concebir su importancia.

Hoy Laura, la secretaria de la Facultad, me entregó mi última calificación. Me tomé las fotos para el certificado. Pagué el trámite. Poco a poco voy cumpliendo los pequeños requisitos para convertirme en egresado. Y me siento feliz, completo, realizado. Repaso la cuenta, los consumos desglosados de libros, maestros, amistades, amores, historias, anécdotas, pláticas, experiencias, y me gusta lo que consumí, inclusive aquello tan bueno y vasto que tuve que pedirlo para llevar.

El 12 de septiembre es la graduación. Están todos invitados, habrá regalos y sorpresas.

Se cierra el telón

Jul
19

Estirar la liga

Hay una teoría sobre la mejor manera de concebir la estructura de un cuento fantástico. Es la siguiente: Un cuento es una liga y la tarea del escritor es, en principio, fortalecer sus extremos, es decir, establecer las bases. Y luego comenzar a estirarla, poco a poco. La liga es la verosimilitud del cuento y el escritor debe llevarla hasta el extremo, exigir a la narración un punto máximo de tensión, su clímax, pero, y aquí está lo importante, evitar a toda cosa que la liga se rompa y nos golpee en la cara. Si eso ocurre, si la liga revienta, el escritor ha fracasado y por ende, el relato también.

Nunca se me había ocurrido aplicar esta teoría a la vida. Hasta que hace unos días, Sol y yo concluimos que las bases de nuestra historia ya estaban puestas, pero el relato se estaba volviendo aburrido, predecible. En algún momento, ya por olvido, ya por decisión consciente, dejamos de lado nuestro trabajo de estirar. Y nos dio miedo.

Ahora estamos conscientes al cien por ciento y hemos comenzado a jugar, desoxidando los extremos de nuestra liga. Queremos, como el mejor cuento del mundo, llevarla hasta su punto máximo de tensión, ser perfectos, únicos, trascendentes…

Jun
10

Nueva era

Como todos saben, porque me he encargado de gritarlo a los cuatro vientos, en tres semanas más termino las clases. Luego vendrán dos de exámenes, nada grave, y todo terminará. Hasta hace unos días pensaba tener un tiempo de vacaciones y luego ir a realizar un proyecto en una comunidad de la Sierra poblana, pero todo con mucha calma. Ahora todo ha dado un giro radical.

Frente a mí, en la pared, hay colgado un cuadro con una fotografía muy famosa de los Beatles. Es de su última etapa, del disco Let it be. Lennon tiene el cabello largo, las patillas gruesas y sus lentes redonditos. El cuaro está firmado por cinco personas: Lennon, McCartney, Harrison, Star y mi amigo Bernavé Olivares. Bernavé me puso una dedicatoria en la parte superior izquierda un año antes de venir a la universidad, tiene una falta de ortografía que quizá hoy lo avergonzaría pero tiene un buen deseo incluido.

Vamos a pensar, sólo por un momento, que ciertamente no hay azar, sólo destino. Desde hace una semana formo parte de una pequeñísima muestra estadística de aquellos que terminan la carrera con trabajo. Es decir, no limbo de desempleo para mí. Por multitud de razones, he caído en lo que parece ser un excelente trabajo, pero todavía mejor oportunidad. Un proyecto a largo plazo, garantiza emoción porque está apenas empezando, está en mi área de interes y bueno, incluso parece que la paga es buena.

La cuestión de todo esto es que ahora, una semana después de haber comenzado, no el trabajo, sino la capacitación de lo que será el trabajo de verdad, estoy aterrado, pero sobretodo confundido. Los comienzos siempre son duros, dicen por ahí. Y en este caso es doble porque empiezo yo y empieza el proyecto, o sea, según lo veo yo, caos total. Pero me voy a enfocar en mí. En las cosas a las que me he dedicado digamos que siempre he tenido la consciencia de estar haciendo las cosas bien, a mi tiempo, a mi modo. Ya sea porque fue, por decirlo así, un conocimiento innato o porque la paciencia de mis mentores fue infinita. Como sea, tuve tiempo de adaptarme, aprender, experimentar y luego saltar al aire.

Aquí es todo distinto. He entrado en un mundo que desconozco por completo, pero la exigencia es total. Es cierto que manejo con soltura mi herramienta (la palabra), pero me siento perdido, sin la luz de un faro que siempre había tenido. No tengo la certeza de estar haciendo las cosas bien y me aterra pensar en lo que será cuando, en julio, comience todo de verdad. Es evidente, que lo que ocurre es el miedo al fracaso y a la posterior decepción. El problema es que no se cómo hacerle frente. Quizá simplemente trabajar duro, experimentar, ver qué ocurre sea la solución.

Pienso, pienso, no doy con la respuesta.

Bernavé escribio, palabras más, palabras menos: “Échale ganas a la escuela y muy pronto llegarás a ser un muy buen periodista”.

Es curioso que después de haber escrito sobre Bartleby haya ocurrido una sequía de mensajes. Para evitar pasar a formar parte de la colección de ese libro interminable habrá que esforzarse un poco.

Estoy a menos de dos meses de terminar la escuela. Cuatro años han pasado y estos últimos días se están yendo como agua. La verdad las clases no están interesantes, creo que hasta los maestros ya nos sienten fuera y nos dejan a nuestras anchas. Eso, por una parte, está bien. Estoy disfrutando ir a la facultad, jugar ajedrez, leer periódicos y libros en la biblioteca, platicar brevemente en los pasillos, como en una agradable espera del ansiado final. Los planes para después de la universidad se multiplican a cada momento y es emocionante darles un orden, priorizar, establecer y concretar toda la virtualidad. Puedo decir, con franqueza y felicidad, que estoy abierto a cualquier opción que se presente. Me he formado para esto.

En otro punto radicalmente diferente ¿Quieren un equívoco sin importancia?

La novela se trata de llegar de un punto A a uno B. Cómo se llega es la trama y quién llega son los personajes. He pensando que una novela fantástica es/sería aquella en la que el lector no tiene la obligación de terminar en el punto B (última página), sino que posee la libertad de cerrar el libro donde lo considere necesario y aún así disfrutar de la novela completa. En este sentido, estamos ante una novela cuyo punto B, aunque presente, no es ni necesario ni siempre el mismo. Todo esto porque se me ocurrió que, al final, en la mayoría de los libros, trama y personaje son irreconciliables: o aquella se cae, o éstos se acartonan.

¿A qué fue un equívoco?

Los jueves me levanto ansioso. Voy a la escuela desde las ocho de la mañana hasta la una de la tarde con el pensamiento ocupado en lo que ocurrió y en lo que pasará. Al volver a casa, trato de ocuparme en algo para hacer la espera corta, aunque generalmente me dedico a la nada. A la espera. A las ocho de la noche el ambiente cambia. Me conecto a Internet y la gente de los foros comienza a volverse loca. Todos preguntando si falta mucho, aunque después de tantos jueves ya deberían saberlo. De repente, un mensaje anuncia que ha terminado. Minutos más tarde aparece una avalancha de enlaces. A las once de la noche inicio la descarga, que dependiendo de muchos factores, finalizará en una hora, hora y media o dos. A veces me quedo mirando como avanza el porcentaje, la animación: una hoja de papel que vuela del mundo a mi casa. Cuando la descarga termina, me voy a dormir. En el proceso falta un último paso, prescindible por experiencia pero no por tradición: durante la madrugada, un grupo de amables personas trabajará arduamente en un archivo de subtitulaje. Sol me convence de que no los necesito, pero es una costumbre ancestral y feliz, como el chocolate en invierno o el helado del verano. El viernes entro tarde a la escuela, pero es el día que despierto más temprano. Los subtítulos están listos.

Sólo falta sentarse y disfrutar del nuevo episodio de Lost.

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